Doce horas al costado de la carretera en Tepoztlán, Morelos, México

Mi mamá vino a visitarme y junto a una amiga salimos muy temprano rumbo a Tepoztlán, en el estado de Morelos para subir al cerro “El Tepozteco”.

Fiel a mi costumbre de fotografiar letreros, me detuve a rescatar esta afirmación: “Morelos es… Armonía”. Inmediatamente después, a 200 mts de esa frase colorida y optimista, se quebró un balero (rulemán) del auto en que viajábamos quedando rengo y postrado al costado del camino en las afueras de Tepoztlán.

Era una cálida mañana de agosto y por ser domingo las refaccionarias y mecánicos brillaban por su ausencia. Intentamos pedir ayuda llamando al 078 y a los Ángeles Verdes pero el auto agonizaba sobre la libre a 500mts de la carretera de cuota y no éramos candidatos a obtener el beneficio de su ayuda.

 

Preguntamos a la gente de la zona y caminamos tres calles en busca de un mecánico. No llegamos a un acuerdo,  había que esperar hasta el lunes para comprar el balero nuevo,  nos quería cobrar carísimo y no mostraba muchas ganas de abandonar la pachorra dominguera para auxiliar a tres mujeres en apuros.

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El día transcurrió entre llamados al seguro, amigos, familiares, extraños solidarios, taxistas oportunistas, miradas de compasión y una grúa que proponía llevarse el auto y a dos de nosotras dejando a la tercera a la buena de Dios. No aceptamos, decidimos quedarnos las tres junto al auto pase lo que pase.

Cada tanto, mientras notaba como el sol iluminaba distinto según pasaban las horas,  en mi mente danzaba la fracesita “Morelos es… Armonía”.

La tarde estaba por terminar y el movimiento dominical se extinguía anunciando un panorama de desolación en aquel paraje carretero cuando recibimos la noticia de que un tío había conseguido un balero en una refaccionaria de Yautepec y venía a nuestro encuentro.

Mientras esperábamos ansiosas nos dijeron que un hombre de la zona podía ayudarnos, no era mecánico, simplemente era buena gente.

La noche comenzaba a envolverlo todo y por fin llegaron los familiares con el balero nuevo. Entre todos empujamos el auto hasta la casa de nuestro salvador y mientras comenzaba a trabajar en nuestro vehículo, su esposa y su hijo adolescente nos permitieron pasar al baño. La reparación tardó una hora, no recuerdo exactamente, para mí ya era una alegría que alguien estuviera solucionando el problema y la percepción del tiempo inamovible de la tarde se había convertido en un esperanzado fluir de los minutos.

Pasadas las diez de la noche estuvimos listas para regresar a Puebla. Agradecimos al hombre y su familia, agradecimos y nos despedimos de los familiares y dimos por terminada nuestra visita a Morelos. Esa noche no había paisaje más bonito que el de las luces del auto alumbrando el camino a casa.


 

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