Congo, una historia épica – David Van Reybrouck

Según dicen es el libro más importante sobre África desde los tiempos de Kapuscinski.  Fue buena idea comenzar el año leyendo un libro gordo. Un libro gordo de África, del Congo. Un libro de historia y de historias.

Es un libro extenso (652 páginas) pero como sucede con los buenos libros, se avanza con avidez porque está muy bien narrado. Es, sin duda, uno de esos libros que hay que leer y que el tiempo convertirá en «clásico».

El autor

David Van Reybrouck nació en 1971 en Brujas. Es un historiador cultural, arqueólogo y autor belga. Escribe ficción histórica, no ficción literaria, novelas, poesía, obras de teatro y textos académicos. Recibió varios premios literarios holandeses, entre ellos el Premio de Literatura AKO (2010) y el Premio de Historia Libris. Su libro «Congo» (2010) fue traducido a más de quince idiomas.

Dice Reybrouck en los agradecimientos: «La idea de este libro surgió una noche de noviembre de 2003 en el café Greenwich de Bruselas. En los años anteriores había escrito sobre mis numerosos viajes al África meridional, y estaba a punto de viajar por primera vez al Congo. Para prepararme había visitado varias librerías de Bruselas, pero sin encontrar el libro que andaba buscando. «Quizá tenga que escribirlo yo —pensé entonces—, puesto que por lo visto pertenezco al grupo de autores que se dedica a hacer libros que querría haber leído.» En aquel momento no podía ni imaginarme que aquella idea sería el germen de un proyecto que se prolongaría durante años y produciría innumerables encuentros inolvidables. «

Y agrega: «Una de mis más firmes convicciones es creer que los archivos más subestimados en el Congo son las personas.»

David Van Reybrouck por © Stefan Vanfleteren

 

El libro en sus propias palabras

 

«En las imágenes de satélite se aprecia con claridad: una mancha marrón que, en plena temporada del monzón, se extiende hasta ochocientos kilómetros hacia el oeste. Como si el continente tuviera un escape. Los oceanógrafos lo llaman el «abanico del Congo» o el «penacho del Congo». La primera vez que vi fotos aéreas de la zona me vino de inmediato a la mente la imagen de alguien que se ha cortado las venas y mantiene las muñecas bajo el agua, para toda la eternidad. El agua del Congo, el segundo río más largo de África, se precipita literalmente en el océano. El fondo rocoso hace que su desembocadura sea algo angosta. A diferencia del Nilo, el Congo no confluye en el océano formando un apacible delta, sino que la enorme masa de agua es expulsada al exterior a través del ojo de una cerradura.»

«Sin embargo, ¿cómo ponerse manos a la obra en un país donde la esperanza de vida media durante la última década era inferior a los cuarenta y cinco años? El país estaba a punto de cumplir los cincuenta, pero sus habitantes no alcanzaban esa edad.»

«Claro está que resulta arriesgado extrapolar al pasado basándose en lo que la gente cuenta hoy: no hay nada que se actualice tanto como el recuerdo.»

«Dos tercios del país están cubiertos por una densa selva ecuatorial que, con 1,45 millones de kilómetros cuadrados, es la selva pluvial más grande del mundo después de la Amazonia. Desde el avión recuerda a un brócoli gigante, una zona que tiene casi tres veces el tamaño de España. Al norte y al sur, esa selva (la forêt, como dicen los congoleños) se transforma poco a poco en sabana. No en un interminable mar de hierbas amarillas y ondulantes similar al que suele aparecer en National Geographic, sino en una sabana arbórea que se convierte de forma gradual en arbustiva a medida que uno se aleja más del ecuador.»

«Las cuatro principales ciudades del país son, por consiguiente, Kinsasa, Lubumbashi, Kisangani y, desde hace poco, Mbuji-Mayi. De momento, no están unidas entre sí ni por ferrocarril, ni por carretera. A principios del tercer milenio, el Congo cuenta con menos de mil kilómetros de carreteras asfaltadas (que en su mayoría conducen al extranjero: desde Kinsasa hasta los puertos de Matadi, desde Lubumbashi hasta la frontera con Zambia, para hacer posible la importación de mercancías y la exportación de minerales). Casi no circulan trenes. Los barcos tardan semanas en realizar la travesía de Kinsasa a Kisangani. Quien quiera viajar de una a otra ciudad tendrá que coger un avión o disponer de mucho tiempo. Por norma general, una hora de trayecto en la época colonial equivale a todo un día de viaje en la actualidad.»

«Corría el año 1883, aunque allí los años aún no tenían números.»

«Desde siempre, en el África Central la esclavitud no se entendía tanto como la privación de la libertad, sino más bien como el desarraigo del entorno social en el que uno se había criado. Sin ninguna duda, la esclavitud era terrible, pero por motivos distintos de los que se suele creer. En una sociedad tan caracterizada por el sentido de comunidad, «la autonomía del individuo» no significaba en absoluto libertad, como llevaban proclamando los europeos desde el Renacimiento, sino soledad y confusión. Existes para quien conoces y si no conoces a nadie, no existes. La esclavitud no significada estar sometido, sino desarraigado, lejos de casa.»

«Después de su viaje a Inglaterra, el joven Lutunu navegó hasta Nueva York. Allí se alojó en casa de la hermana de un misionero que, al despedirse, le hizo un regalo curioso: ¡una bicicleta! Lutunu se la llevó consigo de vuelta al Congo y de este modo se convirtió en el primer ciclista del África Central.»

«Incluso hoy, un congoleño tiene dificultades para viajar por su país sin una ordre de mission en el bolsillo; el Congo es uno de los pocos países del mundo con un servicio de migración para los desplazamientos en el interior y lo debe a la enfermedad del sueño de antaño.»

«Ningún país del mundo ha tenido tanta suerte con sus riquezas naturales como el Congo. En el último siglo y medio cada vez que se generaba una creciente demanda de una determinada materia prima en el mercado internacional —marfil en la época victoriana; caucho después de la invención del neumático hinchable; cobre en plena expansión industrial y militar; uranio durante la Guerra Fría; corriente eléctrica alternativa durante la crisis del petróleo en la década de 1970; coltán en tiempos de la telefonía móvil—, el Congo daba con gigantescas reservas del material deseado y satisfacía dicha demanda sin ningún problema. La historia económica del Congo está llena de golpes de suerte inverosímiles, pero también de increíble miseria. El grueso de la población no recibía ni una migaja de los fabulosos beneficios que se obtenían. Ese tremendo contraste resulta trágico.»

«El 11 de noviembre de 2008 llovía a cántaros sobre Kinsasa. Incluso para criterios ecuatoriales se trataba de un aguacero excepcionalmente intenso. Lo que caía no eran gotas, sino riachuelos de cristal, probetas líquidas. En la ciudad el tráfico estaba colapsado, los cláxones sonaban sin cesar, como exigiendo a los charcos que se secaran…»

Mobutu Sese Seko

«En 1971 las vocales redondas de «Congo» habían tenido que ceder su lugar al sonido siseante de «Zaire». Mobutu consideraba aquel nombre más auténtico que el «Congo» de la época colonial. Para efectuar aquel cambio el padre de la Revolución se había basado en uno de los documentos escritos más antiguos: un mapa portugués del siglo XVI. Según este, el ancho río que serpenteaba por el país se denominaba «Zaïre». No obstante, poco después del cambio de nombre, Mobutu descubrió que se trataba de un error estúpido: «Zaïre» era la pronunciación torpe de «nzadi», una palabra normal y corriente en kikongo que significaba «río». Cuando llegaron a la desembocadura del río, los portugueses preguntaron a los indígenas cómo llamaban a aquella gran masa de agua agitada, y estos se limitaron a contestar: «¡Río!» «Nzadi», repetían. «Zaïre», entendieron los portugueses. Durante treinta y dos años el país de Zizi debería su nombre a la fonética chapucera de un cartógrafo portugués que había vivido cuatro siglos antes.»

«En 2007 la tasa de mortalidad en el Congo seguía siendo un 60 por ciento superior a la del conjunto del África subsahariana. La esperanza de vida media al nacer era de cincuenta y tres años.»

«En el año 2000 el coltán asumía el mismo papel que en 1900 había representado el caucho: una materia prima que estaba presente en grandes cantidades (se estima que el Congo posee más del 80 por ciento de las reservas mundiales) y de la cual había una fuerte e inesperada demanda. Los teléfonos móviles se convirtieron en los neumáticos del nuevo milenio. (…) Basta con abrir un móvil, un reproductor de MP3, un lector de DVD, un portátil o una videoconsola para encontrar en su interior un diminuto laberinto verde lleno de pequeñas perlas en forma de gota y de colores vivos: se trata de los condensadores. Ábrelas y encontrarás un trocito del Congo.»

Mina de coltán. Foto: Eric Feferberg / AFP / Getty Images-

«Cuando visité Kinsasa por primera vez, en diciembre de 2003, un número de móvil congoleño estaba compuesto por siete cifras; en 2006, por diez. La telefonía móvil es para África lo que la imprenta fue para Europa: una auténtica revolución que redefine profundamente la estructura de la sociedad.»

«En el año 2000 el interior del Congo era tan salvaje como a mediados del siglo XIX. Incluso las mercancías eran las mismas.»


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